Roma: Una maratón histórica 

Un socio de San Diego cuenta en primera persona la extraordinaria experiencia de correr en esta ciudad europea.

Estaba tirado en la cama con los músculos contracturados y el alma plena: acabábamos de terminar la maratón de Villa La Angostura. “Y ahora, ¿qué hago?”, me pregunté. Y sentí que era el momento de cumplir un sueño pendiente: correr la maratón de Roma.

No tenía mucho tiempo por delante: algo más de 4 meses, en los cuales me tenía que recuperar y preparar para otra maratón. El esfuerzo valía la pena. Y tenía la ventaja que podía hacer todo el entrenamiento con el calor del verano.

Entrené 1,200 kms en 7 ciudades distintas, a lo que le agregué sesiones de natación y kinesiología. La pretemporada fue con cuestas en La Angostura. Pude hacer gran parte del entrenamiento con el equipo de running de San Diego que lidera Dani Rodríguez, lo cual lo hizo más llevadero. Y varias salidas fueron con amigos, lo cual hizo que se transformaran en lindas charlas de café, pero con zapatillas (¡gracias Lavi, gracias Nadu por la compañía!).

El plan de la carrera también incluía el calzado. Porque hay dos verdades deportivas irrefutables: la pelota no dobla en la altura y los adoquines no rebotan en el running. Y Roma tiene más de la mitad de la carrera con esta superficie. Así que entrené con dos pares de Asics Nimbus 23: uno para todas las salidas y el otro solo para 5 salidas largas, así tenían el gel intacto para rebotar lo que pudiesen durante la carrera.

A diferencia de los entrenamientos anteriores en los que Chano era el líder y capitán de mi playlist, en esta carrera hice otra playlist adicional con música italiana: Ricchi & Poveri, Umberto Tozzi, Jovanotti, Jimmy Fontana, Bocelli, Franco Simone y el hit de los entrenamientos que siempre me hará recordar esta carrera: “Perdere l’amore” de Massimo Ranieri (una de las canciones que más le gustaba a Diego y que pueden verlo cantándola en YouTube). La música italiana te entra en el alma, en el corazón y cada entrenamiento que realizaba solo la escuchaba, cerraba los ojos y me teletransportaba al centro histórico de la ciudad.

La salida y la llegada de la carrera es en el Coliseo, así que la logística es sencilla: sacas un hotel a 10 o 15 cuadras y podes ir caminando. Los corredores no éramos tantos: 10.000. Bastante menos que en las 6 grandes en las que corren 50.000 personas. No tengo dudas que, por recorrido, por emoción y pasión, Roma debería ser una de ellas. Y no lo es por una sencilla razón: la organización y el marketing son italianos.

Estaba precalentando y faltaban 5 minutos para salir y de repente: “Questa e la maglia di Diego qui nella finale del mondo”, me dice con seguridad el corredor de al lado. “Sei napoletano?”, le pregunto. Nos reímos, nos abrazamos y hablamos de Diego y lo que significó para Argentina y para Nápoles. La camiseta efectivamente era una réplica de la azul que usamos en la final de Italia 90. Siempre me gusta usar la camiseta argentina cuando corro y me pareció que era el modelo adecuado para esta carrera.

El conteo final antes de la salida es emocionante: “cinque, quattro, tre, due” y vos miras el Coliseo, el monumento de Vittorio Emanuele y…¡no podes creer estar ahí! Empezas la carrera con emoción, el pecho inflado y más cuando a los 500 metros de empezar hay una banda militar italiana tocando… ¡la marcha de San Lorenzo! “Soy más local que nunca” sentí y empecé a acelerar el paso.

Los primeros kms son muy trabados y transcurren en la zona oeste de la ciudad, del otro lado del Tevere, que durante la carrera vamos a cruzar cuatro veces por puentes antiguos, pero también modernos, de diseño, de vanguardia. A partir del km10 tenemos más espacio y podemos empezar a encontrar nuestro propio ritmo, que se desmorona cuando, en el km16 vas corriendo por una calle angosta y de repente doblas en la “Via della Concilliazione” y tenes delante la Basílica de San Pedro. Tenes 300, 400 metros para disfrutarla, sentís que tiene un halo arriba, se te hace un nudo en la garganta, trato de filmar y explicar lo que siento, no puedo, la emoción es tremenda. Paro unos segundos y la miro, tan cerca, tan única, tan especial. Y sigo adelante. La emoción de pasar por el Vaticano no se había terminado cuando ves una banda tocando ópera italiana de esas que le gustan a nuestros viejos y luego pasas el Castel Sant Ángelo. Cuando te queres acordar, ya no sabes donde estas, pero tenes metidos 25km de la carrera y el cuerpo funcionando a pleno como una orquesta debajo de los 6 minutos el km.

Los puestos de hidratación tienen algo especial que nunca había visto antes: esponjas. Si bien empezamos con 12 grados y algo de llovizna, el sol empieza a calentar y el cuerpo necesita refresco urgente. Y qué mejor que poder apretar esas esponjas sobre tu cabeza y sentir esa agua fresca por el cuerpo que te da más fuerza para seguir. La marca del km32 queda atrás y empieza la parte más difícil para correr: lo últimos 10km. Los geles, las bebidas isotónicas y el estómago vacío me juegan una mala pasada en el km35 y dejo parte de mis entrañas en los adoquines de la ciudad. Me faltan 7 kms. No es la primera maratón que me pasa y sé que puedo manejarlo. Unos minutos de caminata, cabeza fría, una bebida para cambiar el gusto de la boca y cuando te queres acordar ya está el cuerpo en movimiento de vuelta para disfrutar lo mejor de la carrera: el casco histórico solo para nosotros. Piazza Spagna, Piazza Del Poppolo, Piazza Nabona y los italianos que te transmiten esa pasión que solo nosotros podemos entender. Van 38… 39kms y ¡no podés creer lo que estas viviendo y cómo aún se mueven las piernas! Veo la marca del km 41 y paro a sacarme una foto con el cartel indicador. Me abrazan los tanos que están en el público como si fuera Messi o Cristiano Ronaldo: me agarran del cuello para sumarse a la selfie; me hablan, me palmean, me gritan, aprietan puños y transmiten una energía tremenda para disfrutar el último km. Estoy agotado. ¡Ya no me dan más las piernas… pero sigo corriendo! Porque en este último km te pasa por la cabeza de todo: tu familia, tus amigos, los entrenamientos, los esfuerzos, la felicidad, la vida misma… Veo otra vez el monumento de la unidad nacional, el de Vittorio Emanuele y ya no me falta nada. Me rio y lloro y me doy cuenta que puedo hacer las dos cosas al mismo tiempo. Y cuando doy la última curva ya veo el arco final con el Coliseo atrás… trato de ir más despacio, porque no quiero que ese momento se termine nunca. Alzo los brazos, miro al cielo y doy gracias. ¡Piso la línea de llegada y me pongo a llorar… indescriptible… felicidad total! Acabo de terminar mi maratón número 15, la más linda que me tocó correr. El reloj marca 4hs39 minutos, nada mal para los 52 años. Aunque hoy el tiempo es lo que me menos me importa.

Por el COVID no hay fotógrafos en la llegada y te dan la medalla en la mano… así que tenes el honor de ponértela vos mismo. Y luego te dan la típica capa, que en este caso es dorada. Nos sacamos fotos entre los corredores con el Coliseo atrás, besando la medalla, riendo, posando, siendo felices por el logro.

Me encuentro con Maru que me esperaba en el punto de encuentro: un bar cercano. Nos abrazamos. Viene el mozo y me pregunta que quiero comer: “Un aperol”, le digo. Me mira raro, pero me lo merezco. Porque tengo ganas de brindar. Porque estoy feliz. Feliz de haber podido correr acá en Roma que era un sueño. Feliz de haber disfrutado el recorrido para llegar acá: los entrenamientos, las sesiones de kinesio, las pileteadas, los nervios previos, el apoyo de la familia y de los amigos, los mensajes de aliento, los likes en las redes, los bocinazos y luces al loco que corre con lluvia, frío o 40 grados por la calle Savio.

Los tanos dicen que “La Maratona si corre per 30km con le gambe, 10km con la testa, 2km con il cuore e gli ultimi 195 metri con le lacrime aglie occhi”. Nunca nada más cierto. Nada más claro para explicar este sentimiento único, esta pasión y esta felicidad que sentimos los que corremos 42km. Ahora a descansar, a recuperarse de este esfuerzo, a seguir disfrutando esta alegría, esa sensación única que queda en el corazón… y a planificar la próxima. Difícil, porque Roma va a ser difícil de superar. Porque es una maratón única: hermosa, emocionante, simple, pasional, donde sentís tus raíces, una carrera que se corre con la sangre, con el alma y que la haces como dentro de un museo, paseando por plazas y monumentos que son parte de la historia de la humanidad. Roma es eso y mucho más. Es Roma… es una maratón histórica.