K42 Series- Villa La Angostura:
El desafío de correr en el paraíso

En primera persona, el relato de un runner que se le animó a la Patagonia. La convivencia con el equipo, el espíritu del entrenador y el paisaje que vuelve a esta maratón una experiencia increíble.

“Y ¿si vamos correr a Villa La Angostura?”

La verdad es que no recuerdo quién tiró la idea en el cafecito posentrenamiento de los sábados, pero sonaba perfecta. La carrera de Angostura es parte del K42 Series, un campeonato de montaña que se corre en distintos países del mundo, incluyendo a Italia, España y Francia. Pero más allá de eso, tenía dos puntos a favor que nos ayudaron a tomar la decisión: el evento contaba con una carrera de 15k y otra de 42, lo que permitía que todos los del grupo pudiéramos correr y la fecha, 5 y 6 de noviembre, era perfecta porque nos daba más de 6 meses para entrenar. El desafío ahora era de Dani Rodríguez: salvo algunas excepciones, tenía que convertir a un grupo sin experiencia en corredores de 15k y transformar a un grupo de maratonistas de calle en maratonistas de montaña. No era fácil: ¡los 15k presentaban 600 metros de desnivel y la maratón 2.200!

Así que tuvimos que cambiar nuestras rutinas: dejamos los trotes en la calle Savio por subidas al puente de San Diego. Y las montañitas de fútbol por las lomas del Acceso Oeste, las que están enfrente del Carrefour y detrás del peaje de la Shell.

Tengo que reconocer que los primeros entrenamientos fueron desmoralizantes. “¿Cuántas lomas de estas tenemos que subir en la carrera?”; “¿cuántos kilómetros llevamos?”, eran las preguntas que nos hacíamos. Y la respuesta de Dani era siempre la misma: “A esto, además, hay que meterle gimnasio eh!!! ¡Sino no sirve!”. Así que también agregamos en nuestras vidas algunas horas de gimnasio para llegar bien preparados.

El viaje que hicimos a Tandil, en agosto, para entrenar en las montañas de allá nos ayudó para dos cosas: darnos cuenta que íbamos por el buen camino y fortalecer el grupo fuera de la pista.

Los kilómetros y las cuestas se fueron acumulando, junto a la unidad del grupo, tanto en los entrenamientos como fuera de las pistas. Un grupo en el que todos somos distintos,  un zoológico con diferentes especies: un chico de 16 años con el padre, estudiantes universitarios y recién recibidos, papas y mamas jóvenes con sus chicos chiquitos y padres y madres ya maduros. “Yo no entiendo cómo esa gente se divierten con ustedes”, nos dijo mi hija a Maru y a mí. “Y la verdad es que yo tampoco -le contesté-, pero lo pasamos genial”.

El viaje a Angostura ya estaba a la vuelta de la esquina.

Dia 1 - K15

Teníamos varios debutantes en el grupo, con lo cual había más ansiedad precarrera que de costumbre. La visita para retirar los números y el asado del día anterior, con algo de música y dancing, permitieron distender y llegar más relajados a la línea de salida.

Igual, el día de la carrera a la mañana,  el grupo de whatsapp explotaba con mensajes: “¿Cómo se pone el chip?”; “¿con qué me pego el número?”; “¿llevan remera térmica?”; “no sé si llevar la mochila para el agua”. Había mucha ansiedad.  Y la charla de Dani y la arenga en el hotel hicieron que el grupo se calmara y empezara a disfrutar todo lo que venía.

Ver la salida es emocionante. Todos estaban con mucha cara de felicidad.  Sabían que habían entrenado bien para estar ahí y se sentían orgullosos con sus remeras y números de la carrera puestos. Así que luego del conteo regresivo empezó la carrera que, ya a los 2km, empezaba con la subida al cerro Belvedere. En el km 9 el grupo llegó al pico y empezó la bajada donde ya se podía correr un poco más.

Si la salida fue linda, la llegada es difícil de explicar: es el momento cumbre de las emociones. Donde hay un desahogo por cumplir el objetivo… el sueño. El chico de 16 años que se funde en un abrazo con el padre, interminable, feliz con su primera carrera; la que termina con lágrimas en los ojos y corrió por su abuela;  las que corrieron para mejorar su tiempo y las que corrieron para superarse. Solo nos quedaba un grupo que llegue… el trío que había entrenado siempre junto. Escuchamos sus nombres por los parlantes: “¡Ahí llegan! ¡Ahí llegan!”, fueron los gritos y las vimos cruzar el arco. La emoción de esta llegada fue tanta que el grupo pasó las vallas y entró a la zona de corredores para fundirse en un abrazo y que hizo que 10 personas se transformen solo en una. Los organizadores no entendían nada y menos cuando sacamos las botellas de champagne para festejar y mojarlas al mejor estilo Fórmula 1. ¡Llegaron entre los últimos grupos, pero lo festejamos como un campeonato!

Así terminamos un primer día perfecto. ¡Todos los corredores con medallas colgadas y felices!

Dia 2 - K 42

Desde el momento que nos subimos a los autos para irnos de la llegada de los K15, empezamos a pensar en la carrera del día siguiente. En “modo maratón” le decimos los corredores: el ritual de armar en el piso al corredor con la remera, pantalón, zapas, medias, calzas y geles. Las pastas. Y dormir temprano.

La organización de la carrera te obliga a correr con la remera Salomon que te dan ellos. Por las fotos. Por la publicidad. Así que cuando llegamos había 1800 personas con sus remeras blancas de la carrera, salvo 3 de nosotros: habíamos pedido la excepción de correr con la remera argentina y las Islas Malvinas en el pecho. Pero no cualquier remera. Corrimos con una réplica de la camiseta que usamos frente a Inglaterra en el ‘86, la que vio al barrilete cósmico, a la mano de Dios, el mejor gol de la historia y las risas de los ex combatientes que se sintieron algo redimidos. Todos nos miraban sorprendidos y nos aplaudían: “¡Qué buenas remeras!”, nos decían.

A las 9 en punto empezamos la carrera que, al igual que el K15, empezaba con 2km planos y luego la subida al cerro Belvedere para después empezar a bajarlo y buscar la ruta donde en el km 17 estaba nuestro equipo para alentarnos. En el km21 empezamos la subida hacia la base del Cerro Bayo y después de 5km de trepada llegamos a las boleterías y al estacionamiento del centro de esquí. Sabíamos que venía la parte más difícil que eran los siguientes 6km para buscar la cumbre. “¡Vamos que nos entrenamos para esto! ¡Acá empieza la carrera en serio!”, nos dijimos.

Los primeros kilómetros de subida se hacen por el raizal, un bosque con una tremenda pendiente y en el que se dificulta hasta caminar. Estuvimos casi dos horas ahí adentro avanzando como pudimos. Difícil de explicar la sensación que se vivió: silencio absoluto, cansancio, soledad, la sensación de frio de un cementerio en el cual solo sentís la respiración agitada, ahogada de otros corredores y la angustia del agotamiento de varios que paraban por el cansancio.

A las dos horas empezas a ver una luz.  Es el final del bosque y ves de golpe la inmensidad de la montaña y las nieves eternas que están por todos lados. Ahí paras y empezas a recorrer con la vista el sendero en el que ves a los primeros corredores de tu tamaño, pero a medida que vas subiendo la vista y recorriendo el zigzag del camino los ves como hormigas a lo lejos. “¿Hasta allá arriba tenemos que subir?”, me preguntó otro corredor. “Y para eso vinimos -le dije- pero dicen que la vista arriba es genial. ¡Así que a meterle campeón!”. Tuve la suerte de compartir todo el raizal con Laura y también la subida hasta la cumbre del Bayo. Cuando llegamos fue emocionante. Nos fundimos en un abrazo. Recién íbamos 32km y nos faltaban 10, pero en ese momento no te importa nada. La emoción de hacer cumbre y la vista valen todos los entrenamientos. Lau la describió claramente y con pocas palabras: “¡Esto es increíble!”, me dijo mientras miraba emocionada los lagos.

Después de sacarnos algunas fotos, empezamos la bajada que por las piedras se hizo lenta. A los 2 km llegamos al restaurante del centro de esquí donde estaba nuestro equipo para darnos más gritos de aliento. No esperábamos verlos ahí. Así que la recarga de energía fue súper y a tanque lleno para iniciar una bajada de casi 5 km, llegar a la ruta y trotar los últimos 3 km hasta la meta.

La entrada a la ciudad fue muy emocionante. Difícil de explicar, la avenida de los Arrayanes llena de gente, tu equipo que te grita y alienta en los últimos metros y miles de cosas que se te pasan por la cabeza. Una emoción enorme te invade el cuerpo que se recarga de energía. Termino la carrera con un repiqueteo que me salió en el momento. ¡Feliz!

Al ser el último que llegó del grupo no pude estar en las llegadas de los otros corredores del 42k, pero vi los videos después y las caras y sensaciones fueron las mismas que yo sentí… felicidad total.

Hicimos las sesiones de fotos de rigor con las medallas, con las familias, con el resto del team. Era un día que querías compartir con todo el grupo y que no termine más. Por eso, cuando alguien dijo: ¡vamos a la pileta del hotel ni lo dudamos! Ahí fuimos todos para poder disfrutar de los objetivos cumplidos y relajarnos para estar listos para el principal festejo al día siguiente con asado al asador en la playa, sobre el lago, unos buenos vinos, paseos en kayak y también la visita de un acróbata para distender más un viaje inolvidable.

¡Gracias a Dani por entrenarnos, por ser la mística y el corazón de este grupo! ¡Sin vos esto no sería igual!

Gracias a mis compañeros de equipo que hicieron que todo el trayecto previo a la carrera sea especial y se disfrute a pleno. Y gracias por honrar el espíritu máximo del running: que el éxito no es solo cruzar la meta, sino también hacer una contribución para que el resto del equipo también lo haga.